Libro de un Médico del Siglo XVI

Autores/as

  • Fernando Serpa Florez Academia Nacional de Medicina

Palabras clave:

literatura, poesía, Academia Nacional de Medicina, Libro de un Médico del Siglo XVI, Juan Méndez Nieto

Resumen

Los Discursos Medicinales, obra escrita por el bachiller Juan Méndez Nieto (1530-1611) “en Cartagena Indiana. Año de 1607 y de la edad del autor 76”, es quizá el primer libro (entre biografía, relatos y comentarios profesionales) de que tengamos noticia de un médico en lo que hoy es Colombia y entonces se llamaba Tierra Firme (después Nueva Granada). En realidad este volumen podría recibir el calificativo de novela biográfica o picaresca, en cierto modo, o de “cuento humorístico medieval” como lo denomina José Juan Arrom (1), por su estilo y fondo y por reflejar la vida de su autor, médico, charlatán y aventurero, aunque por lo que escribe pueden deducirse sus agudos conocimientos a la altura de los de la época, adquiridos en la Universidad de Salamanca, a donde lo llevó su inquieta vida primero a ser bachiller en artes (1556 a 58) y espigar en teología y leyes, para finalmente complementar sus lecturas de las obras de Hipócrates, Galeno y Avicena, con las prácticas de aprendiz al lado del doctor Lorenzo de Alandete.

Por lo que dice, puede concluirse que Juan Méndez Nieto era un hombre seguro de sí mismo, pagado de sus conocimientos y cuya sagacidad y sentido común le valieron sus primeros aciertos en el campo de lo que hoy sería la salubridad pública al contener una epidemia de tabardillo (tifo exantemático) en la villa de Arévalo, famosa por la gente que a la sazón estaba relacionada con ella: Santa Teresa de Jesús, entre otras, y el príncipe de Eboli, don Ruy Gómez de Silva, a quien Méndez Nieto curó unas fiebres cuartanas (paludismo) y que, en reconocimiento, lo llevó en su séquito a la imperial Toledo.

Recordemos que Eboli, fallecido en 1573, favorito del rey don Felipe II y esposo de la bella “princesa tuerta” doña Ana Mendoza de la Cerda, que perdió un ojo por jugar al florete con uno de sus pajes y que, después de viuda, languideció en una torre los últimos años de su vida por orden del rey taciturno, aún no se sabe exactamente por qué causa, aunque don Gregario Marañón (2) presume, en su biografía de Antonio Pérez, valido de don Felipe, que fue debido a las intrigas palaciegas que llevaron al asesinato de Juan de Escobedo, Secretario en el gobierno de los Países Bajos de don Juan de Austria, el hermano bastardo del rey español, para acallar cualquier infidencia sobre las relaciones entre la princesa y Antonio Pérez. Para otros la amistad era con don Felipe, aunque la austeridad del monarca no da pie para pensar en ello.

En el vértice de tantas intrigas se halló nuestro galeno escritor y aún fue llamado, afirma él, a prestar sus servicios al infante don Carlos. De su prudencia y discreción nos habla el talento con que esquivó hacerse cargo del ilustre enfermo, en este paso operático (con tema de Schiller y música de Verdi), pues no debía ser un paciente fácil el degenerado príncipe cuya muerte se llegó a pensar fue ordenada por su regio padre para evitar a España un monarca indigno -otros dicen que debido a los celos por las relaciones de aquel con su madrastra, Isabel de Valois-. De todos modos el Infante don Carlos era un caso de difícil tratamiento. Esquizofrénico paranoide, es el diagnóstico histórico que de él hace Vallejo Nájera (3): retardado mental, de cabeza muy grande para su cuerpo. “No me gusta su aspecto, no sé lo que será de él” comentaba su abuelo el Gran Emperador. Y Paolo Tiépolo, embajador de Venecia, nos lo describe así: “Su estatura es más bien baja, su cara es fea y desagradable; su complexión melancólica, con desvarío en algunos casos, quebrantos (que) como parece, ha heredado de su abuelo y de su bisabuela” (Juana la Loca). Otro de sus biógrafos (4) recuerda que “por el hecho más nimio monta en cólera y trata de asesinar a cualquiera, sin parar mientes en dignidades ni importancia. En uno de estos raptos trata de matar al Duque de Alba y a un cardenal”. Qué podría esperar un médico de cabecera de quien, como informaba otro embajador, “era cruel y cambiante, gozaba viendo cómo asaban vivas las liebres después de una cacería, y una vez que una tortuga le mordió un dedo, le destrozó la cabeza a mordiscos” En buena hora -y no sabemos cómo—logra salvar estas acechanzas. (“Fabio las ambiciones cortesanas prisiones son do el incauto cae”). Y prefiere alejarse de intrigas, grandes de España y archiduques locos, poniendo de por medio la mayor distancia posible. Irse, en fin, a las Indias, para lo cual pide -y obtiene– el salvoconducto respectivo...

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Biografía del autor/a

Fernando Serpa Florez, Academia Nacional de Medicina

Académico de Número

Referencias bibliográficas

Arrom, José Juan, Juan Méndez Nieto o el traslado al Nuevo Mundo del cuento humorístico mediera/o Thesaurus. Boletín del Instituto Caro y Cuervo. Tomo XL. Enero-abril de 1985. No. 1. Bogotá.

Marañón, Gregario, Antonio Pérez. Edit. Espasa, Madrid. 1954.

Vallejo Nájera, Tratado de Psiquiatría. Madrid, 1942.

Herrera Luque, Francisco. La huella perenne. Monte Avila Editores. Caracas, 1973.

Méndez Nieto, Juan, Discursos Medicina/e.,. Tomo XIII, Documentos inéditos para la historia de España. Imp. Góngora, Madrid, 1957.

Rico-Avalle,Carlos, Vida y milagros de un picaro médico del siglo XVI: biografía del bachiller Juan Mpndez Nieto, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1974.

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Publicado

1986-12-31

Cómo citar

[1]
Serpa Florez, F. 1986. Libro de un Médico del Siglo XVI. Medicina. 8, 3 (dic. 1986), 42–43.

Número

Sección

Novedad Bibliográfica