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Académico Alberto Amarís Mora

Fernando Sánchez-Torres1

Académico Alberto Amarís Mora

Con gran pesadumbre cumplo el encargo de escribir esta nota necrológica, pues el personaje de quien debo ocuparme, Alberto Amarís Mora, dejó indeleble su impronta en mi recuerdo. Por eso, además de registrar su desaparición en estas páginas, quiero rendirle un homenaje póstumo de admiración y de afectuosa gratitud. Conocí al académico Amarís Mora hace sesenta años, cuando él era médico interno titular de la Clínica Obstétrica en el Instituto Materno Infantil y yo estudiante interno rotatorio de dicha asignatura en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia. Ni él ni yo imaginábamos que con el paso del tiempo iríamos a compartir juntos dificultades y satisfacciones académicas y administrativas. En efecto, más adelante nos encontraríamos desempeñando ambos funciones profesorales, él como catedrático de Pediatría y yo de Obstetricia, disciplinas muy afines, que obligaban a trabajar de consuno.

Siempre admiré de Alberto Amarís su seriedad y buen juicio, su solvencia intelectual para abordar y solucionar problemas atinentes a nuestras actividades. Explicable: tenía a su favor haberse licenciado de antropólogo en 1964 luego de estar ejerciendo la medicina durante varios años. Para mí tengo que, siendo la ciencia médica esencialmente antropocéntrica, quien la ejerce debería ser un buen conocedor de la historia del hombre, de su realidad presente y de su trascendencia en el porvenir. La amplia visión que poseía del ser humano fue sin duda la interesada razón para que, por solicitud mía, recorriéramos juntos buena parte de nuestra vida docente y asistencial al servicio de la Universidad Nacional de Colombia y el Instituto Materno Infantil. Tuvo la generosidad de acompañarme en calidad de asistente del director del Instituto y como Secretario Académico de la Facultad de Medicina cuando ocupé la decanatura y, luego, en un cargo similar cuando fungí como rector de la Universidad. Su consejo oportuno, su dedicación y eficiencia, su lealtad, hicieron de él mi mejor sustento en horas de verdad difíciles, dado que el hospital era un emporio de miseria y nuestra alma mater un filón de conflictos. Se entenderá entonces la razón que me asiste para rendirle público tributo a manera de reconocimiento.

Como médico pediatra el doctor Amarís también dejó huella. Esa era su vocación profesional. Al recibirse de médico en la Universidad Nacional de Colombia en 1952, su tesis de grado titulada Estudio axiológico en lactantes en Bogotá dejó al descubierto su inclinación por las disciplinas pediátricas. En el Hospital La Misericordia cursó el programa académico y asistencial que Ascofame validó para acreditarlo como especialista en Pediatría. Dirigió la División Nacional del Niño en el Ministerio de Salud y regentó la cátedra con sin igual brillo y prestancia en los hospitales La Misericordia y el Instituto Materno Infantil. En la Facultad de Medicina fue director del Departamento de Pediatría. Sus alumnos, que sumaron muchas promociones, encontraban en él un maestro generoso y un consejero oportuno. Por sus méritos académicos, la Universidad Nacional de Colombia lo distinguió con el título de Profesor Honorario. Igualmente, la Sociedad Colombiana de Pediatría lo tuvo como su presidente.

En 1991, para acceder a la Academia como Miembro Correspondiente presentó un trabajo titulado El médico y la medicina. Honorarios, liberalidad, humanidad y ética desde la prehistoria hasta Roma. Para promoverse a Miembro de Número en 1996 presentó: Raíces históricas de la institución hospitalaria, que tuve el honor de comentar. Ambos trabajos, serios los dos, en su forma y en su fondo, pusieron de presente su mentalidad de médico-antropólogo, es decir, su capacidad para entender la historia del médico como hombre y del hombre como médico, recorriendo ese camino desde tiempos remotos.

Una faceta más del académico Amarís fue su disposición para servir y defender los intereses de sus colegas. Desde los inicios de la Asociación Médica Sindical (Asmedas) y luego de la Cooperativa Multiactiva Profesional (Somec) dio muestras de su solidaridad gremial y de su espíritu de colaboración en beneficio de sus pares.

En los últimos años, por su condición valetudinaria, hubo de alejarse de la Academia. Quienes le conocíamos de cerca y de verdad le teníamos aprecio echábamos de menos su presencia física, pues siempre era grato estrecharlo y conversar con él. Ahora que esa ausencia tiene el carácter definitivo, su presencia espiritual estará mucho más viva en nuestro recuerdo.

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1  Académico Honorario, Academia Nacional de Medicina de Colombia.



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