Don Gonzalo Jimenez de Quesada. El Fundador

  • Alvaro López Pardo Academia de Historia de Bogotá
Palabras clave: Don Gonzalo Jiménez de Quesada, El Fundador, Historia, Historia de la Medicina, Academia Nacional de Medicina

Resumen

Discurso pronunciado por el Doctor Alvaro López Pardo Presidente de la Academia de Historia de Bogotá, al Consejo de Bogotá el día 6 de agosto de 1988. Sesión especial de los 450 años.Por el año de 1578, caminaba lentamente por las polvorientas calles del poblado de Mariquita, un anciano, casi octogenario, que mostraba en su piel huellas de un enfermedad que se decía era la de San Lázaro.Las gentes lo miraban pasar con una mezcla de respeto y de piedad. En su mirada, un tanto vaga, se podían apreciar destellos de la que fuera una recia personalidad. Esta pobre figura era nadie menos que el Mariscal Don Gonzalo Jiménez de Quesada.En esta población ardiente y lejana, cargado de deudas, sin techo propio, iba a morir el gran señor, el Gran Capitán, el Gran Aventurero que fundara ésta nuestra noble y muy leal Santa Fe de Bogotá, cuyos 450 años celebramos en este día.Parece increíble que en aquella época y con una agitada vida, Don Gonzalo hubiera llegado a tan avanzada edad, es muestra de la fuerza de una raza y del templo de su espíritu, que se sobreponía a todas las adversidades y contratiempos.¿Qué recuerdos vendrían a la mente de este anciano cuando, sentado en una pobre silla de vaqueta, contempla el azul cielo del trópico? ¿Quizá su infancia en España, en Córdoba, donde naciera o en la imponente Granada de los moros, recuperada hacía unos años por la Reina Isabel. Viendo los jardines de la Alhambra, el Generalife y al fondo el blanco perpetuo de la Sierra Nevada. O vendría a su mente el paso del fúnebre cortejo de Felipe el Hermoso y su lunática viuda Doña Juana?Sería tal vez el periodo de su juventud, oyendo las aventuras de Cortés en la Conquista de México, en medio de una Europa convulsionada y con España como centro de la misma. O quizás cuando estudiaba leyes en Salamanca y se metía en pleitos que no siempre ganaba y como, Gracias a estos fracasos debió enrolarse en la expedición de Don Pedro Fernández de Lugo- como Teniente y Justicia Mayor, para dirigirse al enigmático Nuevo Mundo.Vendrá en su mente el recuerdo del vistoso desembarco de las tropas en Santa Martha, en gra contraste con los harapos que vestirían esas mismas tropas más tarde al enfrentarse al territorio americano. Recordará vivamente Don Gonzalo cómo su idea de seguir adelante para conquistar el corazón de América dio muchos ánimos a la gente y fue así como para su empresa logró reunir ochocientos soldados, de a pie y a caballo, acompañados por muchos indios. También dotó una pequeña flotilla que debía subir por el Río Grande de la Magdalena.Aquí vendría una parte negra de los ensueños del Mariscal, una pesadilla de fracasos y sufrimientos que comenzó el6 de abril de 1536. Su flota zozobró quedando tan sólo dos naves. Su tropa, que iba por tierra, guiada por expertos Capitanes: Suárez Rendón, Juan del Junco, Antón de Olaya, Juan de Céspedes, etc., sufre todas las inclemencias del tiempo, debe atravesar pantanos, cruzar selvas, hacer caminos al aundar. Las fieras, no menos terribles que las flechas de algunas tribus indígenas, van terminando con la soldadesca. El hambre les lleva a comer de todo. Fiebres desconocidas los asaltaban. Porque, pensaría Don Gonzalo, que en este enfrentamiento de dos mundos, que se desconocen, se causan admiración, se temen, no sólo van a intercambiar disparos y dardos, espejos por esmeraldas, religión por agüeros, sino también a intercambiar enfermedades, que destruyeron a los unos y a los otros.Volverá a la mente del adelantado, quien en el fondo estimaba a los indios, la variada conducta de las distintas tribus, los unos los atacan, ocultándose entre el follaje, otros muchos les huyen como a bestias salvajes, otros los reciben como a los dioses blancos prometidos. Pero quizás el recuerdo más impresionante sea el episodio que sucedió en Guachetá. Llegadas las tropas de Quesada al pueblolos indios se subieron a una colina desde donde les contemplaban. Pasaba el tiempo y los españoles no podían hacerles entender que no les iban a hacer daño, de pronto cuatro indios bajaron, prendieron una hoguera y junto a ella dejaron un anciano amarrado, con el evidente ánimo de que los españoles hicieran un banquete con él. Viendo que los españoles desataban al anciano y lo trataban bien, creyeron los indios que no lo comían por ser viejo y comenzaron a lanzar niños cuesta abajo, llegando algunos muertos y otros mal heridos. De nuevo las tropas los toman, los curan y así comenzaron a entender los de Guachetá que los extraños personajes no eran fieras antropófagas...

Biografía del autor/a

Alvaro López Pardo, Academia de Historia de Bogotá
Presidente de la Academia de Historia de Bogotá.
Publicado
1989-09-26
Sección
Historia de la Medicina - Museo Historia de la Medicina